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AED y River a la B...


Amén del terrible trago que como tercera generación de hinchas sufrí el domingo pasado, todos los eventos, los daños colaterales y las pérdidas en términos materiales y humanos obligan a replantearse el problema de los clubes de futbol desde una óptica desapasionada, y -en mi caso, enjuagándome las lágrimas por el descenso de categoría del club de mis amores-, meditar sobre lo sucedido, sus causas y posibles soluciones.

En primer lugar, la idiosincrasia que impera en Argentina hace del futbol (o soccer, para diferenciarlo del Football) el deporte con mayor importancia y trascendencia para una sustantiva cantidad de habitantes, superando largamente al interés que despiertan el basket, el handball o la natación, por sólo mencionar algunos ejemplos. 

Ese masivo interés origina la aparición del "mercado", en tanto se genera una fuerte demanda del "producto" futbol, y sus sub-productos, River, Boca, San Lorenzo, etc., y a su vez los que podríamos denominar sub-subproductos: jugadores, derechos de televisación, remeras, tazas, gorras y todo el universo interminable de merchandising accesorio. Todo este mercado podría tener una traducción doble: en valores emocionales (el costo emocional de las lágrimas derramadas ayer, y el beneficio emocional de la inmensa alegría que -el subproducto- Ramón Díaz  como entrenador a cargo nos deparó a los hinchas de River), y en valores monetarios ($ 240 Millones de deudas asumidas por la institución (1)).

Así, el deporte futbol en sí mismo es una actividad, reglada por instituciones (2) tales como, por ejemplo, los "dirigentes" y los "barra bravas", las letras de los cantos de hinchada, las conductas aceptadas en la cancha y deploradas fuera de ella (3) los códigos no escritos de rivalidades y simpatías entre ellos, etc. Lógicamente, como sucede con todas las instituciones, éstas generan incentivos para actuar en uno u otro sentido. Y esos incentivos podrán reforzarse o desalentarse según las normas formales que -en el marco de la excesiva regulación y normatividad a la que estamos acostumbrados como el sapo en la olla a fuego lento- lógicamente también regulan a la actividad desarrollada por los clubes de futbol. 

El primero orden normativo con el que nos topamos es la figura asociativa que -por ley, obviamente- los clubes de futbol están obligados a adoptar. En escencia, "la ley" dice que toda agrupación de personas que decidan formalizar un club deportivo deberán hacerlo bajo la figura impuesta por el Artículo 33 del Código Civil de Asociaciones Civiles, entendidas como aquellas "que tengan por principal objeto el bien común".

Es decir, que este inmenso mercado monetario del futbol, por ley debe organizarse bajo una forma jurídica pensada para agrupar a aquellas personas interesadas en desarrollar actividades comunitarias, en las que primen los objetivos morales por sobre los monetarios (tanto para los oferentes como para los demandantes de esos bienes y servicios morales). 
 
De esa manera, la ley formal convierte un bien privado (el club de futbol) en un bien público, entendido en el sentido económico del término, y cuyas características son (i) no exclusión y (ii) no rivalidad en el consumo. Por el contrario, la realidad material de la actividad futbol y todo el contexto en el que se desarrolla definitivamente impone la necesidad de excluir (a los "barra bravas" y a los "dirigentes" con quienes negocian), y de limitar el consumo del bien "club River Plate" asignándolo a aquellas personas que más lo valoren.

El club organizado como un bien público genera -consecuentemente- externalidades. La televisión y las radios inundaron sus espacios mostrando imágenes y reportando comerciantes de la zona aledaña a la cancha de River, que sin la más mínima intervención en el evento, sufrieron las consecuencias no deseadas por nadie que no fueran los mismos vándalos que causaron la destrucción. De ahí que esos daños puedan entenderse como claras externalidades negativas del bien público "River Plate".

Autores clásicos como Bastiat, Hume y Locke, y más modernos como Demsetz, Cowen y  la premio Nobel de Economía Ellinor Ostrom con meridiana claridad nos proponen -y demuestran- que la mejor solución para los problemas que originan los bienes públicos es una correcta asignación de derechos de propiedad. ¿En cabeza de quién? De aquel que más los valore (a los bienes publicos).

Los clubes de futbol en Argentina no tienen dueños. En el esquema actual, el "dueño" del club es el hincha, el que se pinta la camiseta, el que -como yo- llora por el descenso de categoría y se regocija de tener a Ramón de DT. Mientras tanto, los verdaderos "dueños" se apropian de la infraestructura, de la institución y de los cientos de millones de dólares que el negocio futbol reporta. Los "dueños" son los que aprendieron el juego de la política interna y se aprestan a jugar bajo esas reglas, cuyo premio mayor sería la presidencia del club, desde donde firman los cheques y cobran por ventanilla los monumentales (valga la alegoría) ingresos por televisación, marketing, venta de jugadores, entradas, etc.

Haciéndole caso a Hume, Locke, Demsetz, Omstrom et.al, si la ley formal permitiera que los clubes se organizaran como sociedades anónimas, lo que sucedería es, aproximadamente, lo siguiente: 
  1. el esquema de sociedad anónima permite diseminar la propiedad privada en porciones más o menos minúsculas, las que son representadas en acciones (4)
  2. de todos los interesados en ser dirigentes, aquellos que lo desearan más que ningún otro serían los que adquirirían el paquete accionario mayoritario de River Plate S.A, pagando el mejor precio por las acciones correspondientes.
  3. el resto, podría aquirir la cantidad de acciones que representara su propia escala de valoración. Es decir, si cada acción costara, por ejemplo, $100, personalmente valoraría más tener 10 acciones de River S.A. que $1000 en el banco; 
  4. este sistema permite la clara identificación de los titulares de los derechos que la propiedad privada otorga, así como también LAS RESPONSABILIDADES que vienen indefectiblemente anexadas. Así, los accionistas serían dueños proporcionales a sus tenencias, y responsables por los daños y deudas asumidas, por supuesto que también proporcionalmente; 
  5. la propiedad privada del club daría los incentivos para: (i) cuidar mejor las instalaciones; (ii) instalar los mejores sistemas de vigilancia y seguridad; (iii) realizar los negocios y transacciones más beneficiosas para el interés de todos los accionistas; (iv) convocar a cada vez más hinchas y adherentes que compren acciones y/o se asocien y paguen la mensualidad de membresía; (v) evitaría la existencia de contubernios entre los barra bravas y el Directorio, ya que el régimen de responsabilidad de los directores de SA es lo sufientemente gravoso como para desincentivar conductas ilegales por parte de éstos; (vi) aportar los recursos destinados a la seguridad durante los partidos de futbol, por ejemplo, la que sería a cargo de los accionistas, y no ya del estado, de modo tal de no recurrir a la policía oficial, desafectándola de tareas de prevención y protección de otros delitos que podrían suceder simultáneamente al partido en cuestión, étc.;
  6. en caso que el grupo de control fuera ineficiente en el cumplimiento de estos objetivos, el precio de las acciones bajaría, incentivando a otro grupo a adquirirlas, con la expectativa de generar un mejor retorno a su inversión, con la consecuente mejora general del club, los negocios y los hinchas, quienes -además de hinchas- también serían accionistas minoritarios. 
Nada de lo sugerido pretende dar una solución de acabada perfección al problema. Por supuesto que, a lo largo del devenir societario, muchos problemas y "fallas" pueden aparecer. Pero el objetivo dista de pretender la perfección en nada, completamente inasequible a los seres humanos, al menos en el estadio evolutivo en el que nos encontramos. 

Pero es innegable e indiscutible que la propiedad privada genera los incentivos para un mayor cuidado y un crecimiento sustentable del recurso afectado a la misma. En este caso, los grandes opositores a la idea de privatización de los clubes alegan que, en sus orígenes, estas instituciones surgieron como núcleos de agrupación y contención especialmente de jóvenes, de manera tal de alejarlos de los peligros que "la calle" podría depararles, y ser el espacio de esparcimiento y actividad deportiva en el que socializar y divertirse sanamente.

Sin embargo, a pesar de las múltiples interpretaciones y revisionismos que pudieran tener lugar, hoy en día la realidad es diametralmente opuesta: los clubes son grandes negocios para unos muy pocos que tienen los recursos monetarios, la ambición y la falta de escrúpulos justos para acceder a los puestos de poder y decisión dentro de estas "Asociaciones Civiles", sin ningún tipo de capacidad técnico-financiera para llevar adelante la función gerencial que demanda altas dosis de profesionalismo y ética de los negocios. 

Por su parte, los jóvenes humildes a los que presuntamente atraerían estas comunidades deportivas no sólo no acceden al deporte a través de las mismas (las cuotas de membresía no bajan de los $150 mensuales por persona), sino que por la perversa estructura de incentivos fomentada por planes sociales y asistencialismo clientelista, se ven abandonados al paco, las drogas y el alcohol. 

En consecuencia, una estructuración bajo la forma de SA podría significar un impacto mucho más contudente y efectivo sobre este vulnerable sector, ya que por la moda de la Responsabilidad Social Empresaria, los clubes podrían organizar programas de participación de estos niños y jóvenes en las actividades deportivas y culturales, brindando un efectivo y real espacio de socialización e inclusión, nada de lo que actualmente hacen, al menos con efectos contudentes y notorios. 

Regular, planificar y ordenar una sociedad pretendiendo tener el conocimiento perfecto de las circunstancias de tiempo y lugar (4), y, en base a buenas intenciones, hacer obligatorio "lo que debería ser", aunque ello diste largamente de lo que efectivamente es, de manera divorciada de las instituciones que realmente aplican a la actividad en cuestión genera costos sociales altísimos, que en algún momento deberíamos plantearnos seriamente dejar de pagar. 



(1) 
http://www.canchallena.com/1361275-podcast-las-cuentas-de-river
(2)
  "(...) Las instituciones, desde la perspectiva aquí considerada, son pautas regulares de conductas que encauzan nuestras acciones y nos permiten coordinarlas con los demás. (...)" KRAUSE, Martin "Economía, Instituciones y Políticas Públicas". Ed. La Ley, Buenos Aires,  2011 - Pág. 9
(3) Los insultos y la costumbre de orinar desde las gradas superiores a las gradas inferiores, por ejemplo.

(4) Berkshare Hathaway, de Warren Buffet, en 2010 alquiló un estadio para la celebración de la asamblea de accionistas http://cronistaliberal.blogspot.com/2010/05/la-dispersion-del-capital.html
(5) Von HAYEK, Friedrich "Derecho, Legislación y Libertad".

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