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El servilismo motonáutico.

Daniel Scioli informó que su compañero de fórmula presidencial será Carlos Zannini, un personaje altamente cuestionado no sólo por sus antecedentes personales y profesionales (se lo sindica como el gran receptor de la, por lo general, escasa confianza del matrimonio -o mejor dicho, la sociedad delictiva- de Néstor Kirchner y Cristina Fernández), sino por su ideología maoísta que, en los hechos no es otra cosa que marxismo-leninismo a la carte. Zannini fue quien dijo "a la PresidentA no se le habla. Se la escucha".

Más allá de las condiciones ideológicas de este siniestro personaje, la responsabilidad histórica que le cabe a Daniel Scioli es mucho más gravosa aún. Scioli no es marxista, ni leninista, ni maoísta. Scioli es el peronismo en su máxima expresión. Es el servilismo sin ninguna otra ideología que la ambición de poder a costa de todo y de todos. Inclusive de él mismo.

Los que están en contra de Scioli lo tildan de "felpudo" de Cristina de Kirchner por la incontable cantidad de ofensas y desprecios recibidos de esa ¿mandataria?. Quienes a él adhieren invierten los términos y sugieren que esa misma conducta que otros llaman "servilismo" es, en realidad, una vocación casi religiosa de conciliación y armonía, la que en un ambiente de permanente 
confrontación y hostilidad como el que planteó desde el primer día el régimen Kirchnerista, resulta mucho más meritorio y loable aún. De hecho, su estoica tolerancia a los insultos y desplantes recibidos de su propia líder lo llevó a verse en la posición de ser –increíblemente- uno de los candidatos con más chances de ganar las elecciones presidenciales de este año… como candidato de la misma facción que lo usó de tablero para todos los dardos recibidos.

Ante la disyuntiva de adherir a quienes lo denostan por servil y a quienes lo alientan como conciliador, es menester plantearse cuál es la posición filosófica desde la que unos y otros parten.
Los primeros, entre los –sobra ampliamente decirlo-  me posiciono, parecerían observar el personaje y sus circunstancias desde una óptica deóntica. Una cosa es ser conciliador, y otra muy distinta es ser servil. El servilismo es, según la Real Academia Española, una “ciega y baja adhesión a la autoridad de alguien”, mientras que la conciliación importa la acción de conciliar que demanda “componer y ajustar los ánimos de quienes estaban opuestos entre sí”. Pero en ningún momento los conciliadores se pierden a sí mismos en las negociaciones, ni se deterioran sus cualidades propias sino que -simplemente- alcanzan resultados más satisfactorios por entender mejor al otro, y admitir distintas alternativas de solución. 

Mientras que el servilismo necesita que el servil se funda en la personalidad de quien detenta la autoridad a la que él se somete, el conciliador mantiene en todo momento su posición, su entidad, su calidad propia. No sólo tiene la sabiduría, la entereza y la altura ética e intelectual como para resignar ciertos aspectos de sus pretensiones, sino que también logra despertar en el otro la misma vocación, de manera tal que ambos consienten modificar sus posiciones hasta encontrarse en algún punto de común acuerdo.

En un sistema absolutista de gobierno, como es el marxismo-leninismo-maoísmo al que tan desembozadamente adhieren encumbrados funcionarios del régimen,  la conciliación no es posible porque no se admite el mantenimiento de posiciones distintas a las que ellos sostienen. Ahí sólo es posible el servilismo que es imperativo para el personalismo del líder que todo lo sabe, todo lo puede y todo lo decide.

¿En qué nos afecta, concretamente, esta situación a quienes no somos serviles? En que nuestros proyectos personales, familiares, comerciales o profesionales que no sean exactamente aquellos que el / la líder disponen, pues no podrían cumplirse.

Aunque parezca inocuo, o aún heroico, el servilismo de Scioli no sólo es deónticamente reprochable, sino que tampoco alcanza los objetivos de conciliación a los que, presuntamente, apuntaba. Por el contrario, es tirar leña al fuego del absolutismo que el régimen tiene como mecánica y filosofía del ejercicio del poder que por más de diez años el “pueblo” le dio.

Como un Drácula para quien su vida depende de la sangre que chupa a sus víctimas, Cristina Kirchner y todo su séquito (igualmente interesado en perpetuarse en el poder junto con ella) no tiene espacio ni tiempo para conciliar. No es posible negociar la cantidad de dignidad perdida ante su figura, por lo que el único camino es resignarla en su totalidad. Y es eso, exactamente, lo que hizo Scioli al someterse una y otra vez al poder omnímodo de Cristina, hasta la inmolación final en el altar del poder absoluto, y fungir hoy como candidato testimonial a la presidencia de la Nación.

A los otros, a quienes preferimos morir antes que diluirnos en el servilismo nos restará, seguramente munirnos de una gran ristra de ajos, un crucifijo y una estaca puntiaguda. O sino, un ticket de ida con salida por Ezeiza. 

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